miércoles, 18 de octubre de 2017

Mi vida



El día de antes del lunes que estoy menos las nubes oscurecen tu carita, las lágrimas no cesan y el dolor agita tus hombros que no pueden contener la pena. No llores mi vida que mañana estaré de nuevo en casa. Pero tiene miedo, ella no puede estar segura que al pasar las horas no regrese, que no esté de vuelta, tiene miedo que no pueda volver a agacharme en su cama para darle un beso, para juguetear con sus peluches mientras se despierta por las mañanas. Quiere seguridad, quiero volver a la normalidad, a los días en los que no hay dolor, ni cansancio, ni esperas. Quiere volver a su niñez de antes, a la de hace unos meses cuando papá y mamá no tenían esa preocupación en el rostro que, aunque se ve luz al final del túnel, todavía rodean las sombras.
Y yo, qué puedo hacer. No tengo ningún miedo por mí, no lo tengo, tengo miedo por ellas. No quiero verlas padecer. Qué duro es ver a tu hija que tenga miedo por ti, que te tenga que decir te quiero mil veces para disipar las sombras, para ver mi sonrisa surgir y se pueda dormir tranquila. Qué duro es verla acercarse para darte mil besos porque es la forma de decirte que está ahí, que te necesita, que te ama, que depende de ti, que cada latido dice papá que esto no puede seguir así.

Claudia, amor. Pase lo que pase siempre voy a estar ahí porque, de alguna forma, tú eres yo. Estoy contigo, porque no hay minuto en el día que no piense en ti, porque no entiendo la vida si no es abrazándote cada día, que lloré como un niño cuando me iban a operar porque estaría unos días sin verte. No puedo estar sin ti, eres mi vida, mi sangre, mi alma. Eres lo que siempre he querido y me muero por dentro al no poder darte la tranquilidad que mereces, al no poder quitarme de encima esto que te hace daño. Pero voy a estar bien hija mía, voy a estar bien en poco tiempo, y esto habrá pasado como una pesadilla. Cuando todo pasé, que pasará, nos revolcaremos entre peluches para pensar donde vamos a celebrar la libertad, la vuelta a la normalidad, la vuelta a los días sin lunes vacíos y sin miércoles de cansancio. Eres muy grande, eres lo mejor que me ha pasado en mi vida y mira que conocer a mamá fue perfecto. No tengas pesar ni pena, yo voy a pelearlo todo porque lo mereces.

Te quiero mucho mi vida.

domingo, 8 de octubre de 2017

Ojos tristes


No es fácil sobrellevar el dolor ajeno, no sabes como hacer para evitar esos ojos tristes que te miran en silencio y te dicen que no pasa nada papá. Cuando no puedes, cuando no tienes fuerzas, cuando te atosigan las nauseas.
No puedo olvidar la imagen de su carita de pena, llorando en el cole porque no podía estar en él sabiendo que yo estaba en casa y que podía no estar cuando volviera. Ese miedo reflejado en el rostro, en su carilla de ángel, mintiendo con el sentimiento sufrido del amor más grande, del que no quiere que nada cambie, el que no quiere que nadie sufra. Los puños apretados, las lágrimas recorriendo sus mejillas que yo me como a besos. Duele, duele como acero al rojo vivo en lo más profundo del alma. Ningún niño debe sufrir y me tritura el corazón saber que lo está pasando mal, muy mal, que su cariño no tiene límites, que su miedo le desborda, que debo sonreir más, correr junto a ella, pelear por ella, no decaer nunca. Estar.

Y luego, hay más ojos. Unos que miran como sin querer hacia otro lado, intentando no mostrar la inquietud que hay detrás de la mirada. El miedo a que todo se disuelva en la nada, a que la lucha no sirva. Esos luceros oscuros que se inquietan en urgencias al paso de mi camilla y que denotan alegría cuando me levanto bien, que no quieren mostrar lágrimas cuando me vence el decaimiento. Es una suerte tener a alguien que te hace reir cuando, tal vez, ni siquiera ella tenga ganas. Pero ahí está, fuerte, vivaz, ocurrente y vital. Sacándome del decaimiento con una aleteo de sus pestañas. Así es ella, perdiendo horas conmigo para que yo las disfrute.

y sí, están los ojos de la madre que ojerosa se pregunta porqué a ella otra vez, y los ojos de los amigos que te insuflan poder. Y luego están los míos que mi miran y me ven distinto cuando nada ha cambiado y con una sola misión. Vivir.

Cuando esto acabe haré una gran fiesta donde solo quepan ojos alegres y donde mi niña cante "Girasoles" con la voz llena de risa. Donde mi remolino de estrellas gire y gire sin parar en una danza alegre que destruya monstruos, miedos y temores.

Seguimos en la lucha, por mí, por ellas.

miércoles, 26 de julio de 2017

Efectos secundarios



El último lunes de mayo empecé la pelea contra ese bicho de letras grandes y temibles. Nombrarlo es como nombrar a algunos de esos seres de leyenda, malvados y crueles que parece que mencionarlos supone exponerte a que te encuentren. Pero, como esos monstruos ficticios, éste contra el que peleo, es vulnerable.
Cuando te dicen que te ha atrapado te sientes extraño, disperso, etéreo. Sientes que tu camino se corta, que tienes que cruzar un precipicio que no podrás saltar nunca, pero lo saltas. Un muro enorme que tienes delante de ti y tienes que derribar. Y empieza el baile. En esta batalla no estás solo, te acompaña quien te quiere que te infunde ese ánimo imprescindible, te da fuerzas tu niña que sin hablar te lo dice todo, enganchada a un gesto nervioso que te araña el alma y te hace fuerte para pelear por lo que venga. Los médicos, esos seres mitológicos que con dos palabras te dan esperanza y en la tercera te están curando. Unas manos mágicas que de pronto te han quitado el cangrejo de dentro y sin apenas padecimiento te han devuelto el color a tu rostro. Gracias.

Ahora he empezado la lucha preventiva, una lucha más larga, paciente y pesada. A la espera de llevarlo bien y que los efectos secundarios no me sean demasiado adversos. El primer paso está dado y mis ánimos al cien por cien. Tengo mucha ayuda en casa, dos mujeres que me dan la vida a golpe de cariño por lo que cada mililitro de tratamiento lo revierto en esperanza para que Sauron no vuelva. Es fácil asimilar los fármacos cuando no estás solo mientras lees los mensajes de cariño que me han llegado por todas partes. Qué sencillo es sentarte en la sala del hospital de día cuando tu mujer te sonríe sin descanso, te acompaña, te da todo el aliento. Mientras nuestra mujercita, desde su rincón infantil juega a que su papá está de nuevo al cien por cien y volvemos a ir a la piscina, al parque, a la playa; mientras desea que vuelva a casa solo por recibir mi abrazo. Ella solo quiere abrazarme sin que me duela nada.

Esto no ha hecho más que empezar, pero quien pega primero pega dos veces y a este ser maligno lo tengo contra las cuerdas, casi en la lona, casi en la cuenta de diez.

Ya no me siento etéreo, ya no me siento desaparecer, ya veo el muro con grietas y en el precipicio veo un lugar por donde pasar. Veo más sonrisas, veo mi futuro más brillante que nunca.


Voy a ganar. Por mi, por ellas.