jueves, 23 de noviembre de 2017

Ondea que te ondea



El ser humano como individuo puede ser genial, inteligente, brillante. En masa se convierte en un número más sin pensamiento propio, embrutecido, cegado, irracional, estúpido.
En estos días en los que peleo contra la química hay gente que pelea contra el sentido común. No sé, a veces me da la sensación de que los humanos experimentamos una involución.
Banderas en balcones que festejan que otros la utilicen para tapar sus vergüenzas, banderas con más o menos franjas tienen detrás una persona que bajo la excusa de un sentimiento puede insultar, menosprecias e incluso agredir por un ideal que otros crearon para perpetuarse en el poder.
La vida es corta y seguimos perdiéndola en discusiones estúpidas, en nacionalismos estériles sin tener en cuenta que lo importante es disfrutar de lo más preciado que tenemos, pensando que el resto de la gente también tiene derecho a pensar como quiera, que lo importante es respetar, convivir, comprender y dialogar. Sin embargo,el habla, ese don de la mujer y el hombre se utiliza tan solo para arengas y consignas fatuas, para mentiras que tapan mentiras, amenazas contra amenazas, estulticias que denotan ansias de poder y, mientras, el pueblo utilizado, una vez más para con sus banderas tapar las vergüenzas de los déspotas y corruptos, de los inoperantes incapaces de gobernar para quienes les pagan.
Entre tanto, en el día a día, rostros huecos te saludan de buena mañana, malos modos, malas formas, egoísmo, mala educación. Cigarros en los parques, excrementos en la puertas de los colegios, un padre enseñando a su hijo a torear mientras mi pequeña princesa republicana reprende con rapaz a un pequeño monstruo que maltrata un árbol. Muchos de los que escupen en la calle mientras te apagan el cigarro en la espalda a la vez que su perro te mea el portal, también tienen banderas en su balcón, como formando parte de esta pútrida patria, capaz de tanto bueno y tanto malo. Capaz de crear una obra de arte y de liarse a tiros formando un millón de cadáveres, mientras todavía hay quien alardea de falangista sin tener la más remota idea de lo que habla. País de charlatanes, mentirosos, picaros y caciques, pero también país de genios que se lamentaban de lo que este país es.

Menos banderas y más vida, más pelea por la igualdad y por el bien común y menos engordar el ego de inútiles avariciosos.

miércoles, 18 de octubre de 2017

Mi vida



El día de antes del lunes que estoy menos las nubes oscurecen tu carita, las lágrimas no cesan y el dolor agita tus hombros que no pueden contener la pena. No llores mi vida que mañana estaré de nuevo en casa. Pero tiene miedo, ella no puede estar segura que al pasar las horas no regrese, que no esté de vuelta, tiene miedo que no pueda volver a agacharme en su cama para darle un beso, para juguetear con sus peluches mientras se despierta por las mañanas. Quiere seguridad, quiero volver a la normalidad, a los días en los que no hay dolor, ni cansancio, ni esperas. Quiere volver a su niñez de antes, a la de hace unos meses cuando papá y mamá no tenían esa preocupación en el rostro que, aunque se ve luz al final del túnel, todavía rodean las sombras.
Y yo, qué puedo hacer. No tengo ningún miedo por mí, no lo tengo, tengo miedo por ellas. No quiero verlas padecer. Qué duro es ver a tu hija que tenga miedo por ti, que te tenga que decir te quiero mil veces para disipar las sombras, para ver mi sonrisa surgir y se pueda dormir tranquila. Qué duro es verla acercarse para darte mil besos porque es la forma de decirte que está ahí, que te necesita, que te ama, que depende de ti, que cada latido dice papá que esto no puede seguir así.

Claudia, amor. Pase lo que pase siempre voy a estar ahí porque, de alguna forma, tú eres yo. Estoy contigo, porque no hay minuto en el día que no piense en ti, porque no entiendo la vida si no es abrazándote cada día, que lloré como un niño cuando me iban a operar porque estaría unos días sin verte. No puedo estar sin ti, eres mi vida, mi sangre, mi alma. Eres lo que siempre he querido y me muero por dentro al no poder darte la tranquilidad que mereces, al no poder quitarme de encima esto que te hace daño. Pero voy a estar bien hija mía, voy a estar bien en poco tiempo, y esto habrá pasado como una pesadilla. Cuando todo pasé, que pasará, nos revolcaremos entre peluches para pensar donde vamos a celebrar la libertad, la vuelta a la normalidad, la vuelta a los días sin lunes vacíos y sin miércoles de cansancio. Eres muy grande, eres lo mejor que me ha pasado en mi vida y mira que conocer a mamá fue perfecto. No tengas pesar ni pena, yo voy a pelearlo todo porque lo mereces.

Te quiero mucho mi vida.

domingo, 8 de octubre de 2017

Ojos tristes


No es fácil sobrellevar el dolor ajeno, no sabes como hacer para evitar esos ojos tristes que te miran en silencio y te dicen que no pasa nada papá. Cuando no puedes, cuando no tienes fuerzas, cuando te atosigan las nauseas.
No puedo olvidar la imagen de su carita de pena, llorando en el cole porque no podía estar en él sabiendo que yo estaba en casa y que podía no estar cuando volviera. Ese miedo reflejado en el rostro, en su carilla de ángel, mintiendo con el sentimiento sufrido del amor más grande, del que no quiere que nada cambie, el que no quiere que nadie sufra. Los puños apretados, las lágrimas recorriendo sus mejillas que yo me como a besos. Duele, duele como acero al rojo vivo en lo más profundo del alma. Ningún niño debe sufrir y me tritura el corazón saber que lo está pasando mal, muy mal, que su cariño no tiene límites, que su miedo le desborda, que debo sonreir más, correr junto a ella, pelear por ella, no decaer nunca. Estar.

Y luego, hay más ojos. Unos que miran como sin querer hacia otro lado, intentando no mostrar la inquietud que hay detrás de la mirada. El miedo a que todo se disuelva en la nada, a que la lucha no sirva. Esos luceros oscuros que se inquietan en urgencias al paso de mi camilla y que denotan alegría cuando me levanto bien, que no quieren mostrar lágrimas cuando me vence el decaimiento. Es una suerte tener a alguien que te hace reir cuando, tal vez, ni siquiera ella tenga ganas. Pero ahí está, fuerte, vivaz, ocurrente y vital. Sacándome del decaimiento con una aleteo de sus pestañas. Así es ella, perdiendo horas conmigo para que yo las disfrute.

y sí, están los ojos de la madre que ojerosa se pregunta porqué a ella otra vez, y los ojos de los amigos que te insuflan poder. Y luego están los míos que mi miran y me ven distinto cuando nada ha cambiado y con una sola misión. Vivir.

Cuando esto acabe haré una gran fiesta donde solo quepan ojos alegres y donde mi niña cante "Girasoles" con la voz llena de risa. Donde mi remolino de estrellas gire y gire sin parar en una danza alegre que destruya monstruos, miedos y temores.

Seguimos en la lucha, por mí, por ellas.

miércoles, 26 de julio de 2017

Efectos secundarios



El último lunes de mayo empecé la pelea contra ese bicho de letras grandes y temibles. Nombrarlo es como nombrar a algunos de esos seres de leyenda, malvados y crueles que parece que mencionarlos supone exponerte a que te encuentren. Pero, como esos monstruos ficticios, éste contra el que peleo, es vulnerable.
Cuando te dicen que te ha atrapado te sientes extraño, disperso, etéreo. Sientes que tu camino se corta, que tienes que cruzar un precipicio que no podrás saltar nunca, pero lo saltas. Un muro enorme que tienes delante de ti y tienes que derribar. Y empieza el baile. En esta batalla no estás solo, te acompaña quien te quiere que te infunde ese ánimo imprescindible, te da fuerzas tu niña que sin hablar te lo dice todo, enganchada a un gesto nervioso que te araña el alma y te hace fuerte para pelear por lo que venga. Los médicos, esos seres mitológicos que con dos palabras te dan esperanza y en la tercera te están curando. Unas manos mágicas que de pronto te han quitado el cangrejo de dentro y sin apenas padecimiento te han devuelto el color a tu rostro. Gracias.

Ahora he empezado la lucha preventiva, una lucha más larga, paciente y pesada. A la espera de llevarlo bien y que los efectos secundarios no me sean demasiado adversos. El primer paso está dado y mis ánimos al cien por cien. Tengo mucha ayuda en casa, dos mujeres que me dan la vida a golpe de cariño por lo que cada mililitro de tratamiento lo revierto en esperanza para que Sauron no vuelva. Es fácil asimilar los fármacos cuando no estás solo mientras lees los mensajes de cariño que me han llegado por todas partes. Qué sencillo es sentarte en la sala del hospital de día cuando tu mujer te sonríe sin descanso, te acompaña, te da todo el aliento. Mientras nuestra mujercita, desde su rincón infantil juega a que su papá está de nuevo al cien por cien y volvemos a ir a la piscina, al parque, a la playa; mientras desea que vuelva a casa solo por recibir mi abrazo. Ella solo quiere abrazarme sin que me duela nada.

Esto no ha hecho más que empezar, pero quien pega primero pega dos veces y a este ser maligno lo tengo contra las cuerdas, casi en la lona, casi en la cuenta de diez.

Ya no me siento etéreo, ya no me siento desaparecer, ya veo el muro con grietas y en el precipicio veo un lugar por donde pasar. Veo más sonrisas, veo mi futuro más brillante que nunca.


Voy a ganar. Por mi, por ellas.

martes, 9 de mayo de 2017

Voces y palabras



Gritas en silencio, de a poquito, necesitas palabras. La buscas en recuerdos, en momentos, en gente que te acompañó y que te acompaña en algún momento, que te conocen y aprecian y ahí encuentras ánimo y consuelo. Optimismo y alguna sonrisa, palabras de apoyo y cariño. Te alegras de contar con ellos y de tenerlos ahí, entre bastidores pero siempre dispuestos a actuar en cuanto les de un papel en tus vidas. Papeles principales que en estos momentos das a quienes te ofrecen sus voces cargadas de amor y de palabras llenas de ternura, a mi gente, al rinconcito en el que me refugio de la rutina, lleno de sonidos dulces, infantiles y cariñosos.
No es deseable, pero como de rondón, cuando estás con la guardia baja se meten en tu vida voces negativas que hacen daño,que no pides, que no quieres. Y sin embargo insisten, empujan y se quieren colar. A duras penas eres capaz de acaparar optimismo ante el futuro próximo y hay palabras que negativizan el ambiente, que convierten minutos en horas. Palabras que se erigen en protagonistas, un protagonismo que tú le niegas, voces que no necesitas escuchar y se empeñan en sonar. Te laceran, te dañan, te arrebatan la alegría. Y te preguntas porqué. Hay voces que resuenan en mi vida hace más de treinta años y saben como animar desde la prudencia y hay voces imprudentes que quieren destrozar tu ánimo. No les doy animo doloso, pero es mejor callar cuando no se piden palabras. Sobre todo cuando el que escucha no quiere escucharte porque no sabes quien es, ni que siente, ni que piensa. Y te quedas con ganas de gritar y mandar muy lejos a esa voz y esas palabras.
Pero como siempre, tras la batalla están los ojos como lagunas donde me sumergo y me tranquilizo, me dejo acunar por perfumes infantiles y constelaciones irreales que decoran la noche. Y me recupero, en el rincón tranquilo donde pertenezco y donde soy. Lejos de los rastrojos de la mediocridad del día a día.

Todo irá bien. Por ellas, por mí.



jueves, 23 de febrero de 2017

Ahí estás tú


Hay aromas que se pierden al doblar la esquina del pasillo pero a pesar del perfume, ya hace un rato que te fuiste. Y al rato, aunque suenen ruidos en el rellano, ya no eres tú. La tarde es veloz en el tiempo, y se pierde sin poder sacarte una sonrisa y me siento como entre dos aguas; el deseo de que ria nuestra niña y el anhelo de verte.
Las sombras se vuelven lánguidas y la tarde se va tornando noche, a veces el ocaso me sorprende entre los árboles verdes de un parque, vigilando carreras y saltos, en otras ocasiones entre estantes de productos, empujando un carro a la vez que socavo la paciencia de la pequeña, a la cual no he sido capaz de regalarle una tarde divertida. Ella también te echa de menos, no es fácil renunciar tantas tardes a tu magia, a tus poderes maternos.
Y cuando la casa empieza a oler a gel infantil y se escucha correr el agua: ahí estás tú. Cansada pero sonriente, con algo que contar, con algo que decir. Se produce el precipitado intercambio de palabras entre madre e hija, intentando contarse todo lo que no se pudo, un resumen diferido de las cosas del día. Hasta los gatos van hacia a ti a contarte sus cosas felinas. Y yo, que te he echado de menos una barbaridad, me quedo al socaire del cansancio, laxo, sin saber que tú también necesitas que te pregunte y te cuente. Que nos contemos. A veces los días nos separan tanto físicamente que cuesta encontrarnos a la vuelta. Cuando lo que debería hacer era abrazarte y decirte que seguí tu perfume por el pasillo deseando que no te hubieras ido, que me dio mucha pena ver tu parte del sofá vacía, que te necesito tanto que a veces creo que no es necesario decírtelo, pero sí que debo hacerlo.

Me encantan las tardes en que estás y te tengo.

TQ



jueves, 6 de octubre de 2016

Menos mal que existes



Están siendo días convulsos, te haces mayor y tu cabeza es un bullir de cosas. Tienes que reafirmar tu personalidad, tú ser y lamentablemente no es fácil ser niña en un mundo de estrés, relojes despiadados y cansancios. Son demaisados obstáculos para las conversaciones, preguntas y juegos. No es justo, las normas que imperan en este mundo van en contra de la felicidad. Lo peor, cuando te quieres dar cuenta ya no eres un niño y tu mundo se ha convertido en el mismo lugar inhóspito y aburrido que el de tus mayores.

En ese mundo infantil, tan tuyo, tan precioso. En ocasiones se meten monstruos, esos que cuando te haces mayor asustan menos, pero que cuando eres pequeño es absolutamente aterrador. Un día el miedo se esconde en un pequeño animal, otro día en una película, o en un libro, o en un vídeo. Cuando llega la noche, los miedos se desatan y te hacen hasta llorar. Algo absolutamente normal. Hablamos en susurros intentando calmarte, el desconsuelo es doloroso y tus lágrimas queman mi corazón. Te abrazo, te hablo, te escucho. Entonces me dices "menos mal que existes". Y me vuelo a agarrar a la felicidad más absoluta y la abrazo mientras te abrazo a tí. Lo paradójico es que yo doy gracias a la vida porque existes tú, y lo hago cada minuto del día, que me gustaría hacerte muy muy feliz, que me gustaría regalarte la vida más maravillosa, que me encantaría ser menos gruñon, más comprensivo, mejor padre. Y tú, estando ahí, aún en el momento de más temor por tus posibles pesadillas me vuelves a regalar un frase para enmarcar, para que no pueda dejar de pensar en ti un solo segundo, para que sueñe contigo, para que sepa que me has enseñado lo que significa querer de verdad. Menos mal que existes tú y no tengo que imaginarte, no tengo que buscarte, no tengo que desear que estés. Menos mal que existes tú y el mundo puede girar sin tropiezos, con la esperanza que tú lo hagas mejor día a día, menos mal que existen tú, para recordarme que tengo un reto, una obligación, una responsabilidad, una meta: Cuidarte.

Es la segunda frase para la historia que me regalas, esas palabras que llegan y se quedan, que están conmigo para siempre.


Menos mal que existes y te quiero sin parar.

Gracias hija.