jueves, 23 de febrero de 2017

Ahí estás tú


Hay aromas que se pierden al doblar la esquina del pasillo pero a pesar del perfume, ya hace un rato que te fuiste. Y al rato, aunque suenen ruidos en el rellano, ya no eres tú. La tarde es veloz en el tiempo, y se pierde sin poder sacarte una sonrisa y me siento como entre dos aguas; el deseo de que ria nuestra niña y el anhelo de verte.
Las sombras se vuelven lánguidas y la tarde se va tornando noche, a veces el ocaso me sorprende entre los árboles verdes de un parque, vigilando carreras y saltos, en otras ocasiones entre estantes de productos, empujando un carro a la vez que socavo la paciencia de la pequeña, a la cual no he sido capaz de regalarle una tarde divertida. Ella también te echa de menos, no es fácil renunciar tantas tardes a tu magia, a tus poderes maternos.
Y cuando la casa empieza a oler a gel infantil y se escucha correr el agua: ahí estás tú. Cansada pero sonriente, con algo que contar, con algo que decir. Se produce el precipitado intercambio de palabras entre madre e hija, intentando contarse todo lo que no se pudo, un resumen diferido de las cosas del día. Hasta los gatos van hacia a ti a contarte sus cosas felinas. Y yo, que te he echado de menos una barbaridad, me quedo al socaire del cansancio, laxo, sin saber que tú también necesitas que te pregunte y te cuente. Que nos contemos. A veces los días nos separan tanto físicamente que cuesta encontrarnos a la vuelta. Cuando lo que debería hacer era abrazarte y decirte que seguí tu perfume por el pasillo deseando que no te hubieras ido, que me dio mucha pena ver tu parte del sofá vacía, que te necesito tanto que a veces creo que no es necesario decírtelo, pero sí que debo hacerlo.

Me encantan las tardes en que estás y te tengo.

TQ



jueves, 6 de octubre de 2016

Menos mal que existes



Están siendo días convulsos, te haces mayor y tu cabeza es un bullir de cosas. Tienes que reafirmar tu personalidad, tú ser y lamentablemente no es fácil ser niña en un mundo de estrés, relojes despiadados y cansancios. Son demaisados obstáculos para las conversaciones, preguntas y juegos. No es justo, las normas que imperan en este mundo van en contra de la felicidad. Lo peor, cuando te quieres dar cuenta ya no eres un niño y tu mundo se ha convertido en el mismo lugar inhóspito y aburrido que el de tus mayores.

En ese mundo infantil, tan tuyo, tan precioso. En ocasiones se meten monstruos, esos que cuando te haces mayor asustan menos, pero que cuando eres pequeño es absolutamente aterrador. Un día el miedo se esconde en un pequeño animal, otro día en una película, o en un libro, o en un vídeo. Cuando llega la noche, los miedos se desatan y te hacen hasta llorar. Algo absolutamente normal. Hablamos en susurros intentando calmarte, el desconsuelo es doloroso y tus lágrimas queman mi corazón. Te abrazo, te hablo, te escucho. Entonces me dices "menos mal que existes". Y me vuelo a agarrar a la felicidad más absoluta y la abrazo mientras te abrazo a tí. Lo paradójico es que yo doy gracias a la vida porque existes tú, y lo hago cada minuto del día, que me gustaría hacerte muy muy feliz, que me gustaría regalarte la vida más maravillosa, que me encantaría ser menos gruñon, más comprensivo, mejor padre. Y tú, estando ahí, aún en el momento de más temor por tus posibles pesadillas me vuelves a regalar un frase para enmarcar, para que no pueda dejar de pensar en ti un solo segundo, para que sueñe contigo, para que sepa que me has enseñado lo que significa querer de verdad. Menos mal que existes tú y no tengo que imaginarte, no tengo que buscarte, no tengo que desear que estés. Menos mal que existes tú y el mundo puede girar sin tropiezos, con la esperanza que tú lo hagas mejor día a día, menos mal que existen tú, para recordarme que tengo un reto, una obligación, una responsabilidad, una meta: Cuidarte.

Es la segunda frase para la historia que me regalas, esas palabras que llegan y se quedan, que están conmigo para siempre.


Menos mal que existes y te quiero sin parar.

Gracias hija.