jueves, 23 de febrero de 2017

Ahí estás tú


Hay aromas que se pierden al doblar la esquina del pasillo pero a pesar del perfume, ya hace un rato que te fuiste. Y al rato, aunque suenen ruidos en el rellano, ya no eres tú. La tarde es veloz en el tiempo, y se pierde sin poder sacarte una sonrisa y me siento como entre dos aguas; el deseo de que ria nuestra niña y el anhelo de verte.
Las sombras se vuelven lánguidas y la tarde se va tornando noche, a veces el ocaso me sorprende entre los árboles verdes de un parque, vigilando carreras y saltos, en otras ocasiones entre estantes de productos, empujando un carro a la vez que socavo la paciencia de la pequeña, a la cual no he sido capaz de regalarle una tarde divertida. Ella también te echa de menos, no es fácil renunciar tantas tardes a tu magia, a tus poderes maternos.
Y cuando la casa empieza a oler a gel infantil y se escucha correr el agua: ahí estás tú. Cansada pero sonriente, con algo que contar, con algo que decir. Se produce el precipitado intercambio de palabras entre madre e hija, intentando contarse todo lo que no se pudo, un resumen diferido de las cosas del día. Hasta los gatos van hacia a ti contarte sus cosas felinas. Y yo, que te he echado de menos una barbaridad, me quedo al socaire del cansancio, laxo, sin saber que tú también necesitas que te pregunte y te cuente. Que nos contemos. A veces los días nos separan tanto físicamente que cuesta encontrarnos a la vuelta. Cuando lo que debería hacer era abrazarte y decirte que seguí tu perfume por el pasillo deseando que no te hubieras ido, que me dio mucha pena ver tu parte del sofá vacía, que te necesito tanto que a veces creo que no es necesario decírtelo, pero sí que debo hacerlo.

Me encantan las tardes en que estás y te tengo.

TQ



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