miércoles, 25 de febrero de 2026
El escenario
Se abre el telón todos los días, aproximadamente a la misma hora. Hay actores que llegan antes, otros llegan después. Pero la función es más o menos igual. Reflejo sistemático de un devenir repetitivo de las formas de los días.
La obra que se obligan a representar es inequívocamente impostada, no solo porque el teatro debe serlo, sino porque es mejor representar que sentir. Tal vez murieron los tiempos de la improvisación, o quien sabe, hacer cosas distintas puede llevar al quebranto. Pero así es, los ecos de frases similares se filtran en todos los rincones de ese escenario en el que cada uno representa su papel, seguramente no el que le gustaría representar, pero sí el que se ve obligado.
Hay actores magníficos que llevan tras de sí todos los parabienes de la obra, otros que intentan hacer su papel sin más, y otros que añoran por cambiar de teatro un día u otro. Entre estos últimos actores. Estoy yo ¿Por qué? Tal vez me cansan escuchar las mismas frases, que me den pie las mismas personas, que mi personaje languidezca en silencios más elocuentes que las palabras. Me duele que el tufillo de la obra traiga aromas rancios de épocas pretéritas. Que existan personajes que piensen más en la piel que en los hechos, que haya actos en los que muere la empatía y sobre todo que toda la obra evolucione hacia ningún sitio.
Las personas que acuden a ver nuestro teatro, lo hacen con la esperanza de encontrar un asiento en el que disfrutar, evadirse, soñar. Que en nuestro actuar olvidemos que cada espectador es único, con sus vivencias, prejuicios, pasado y futuro, nos convierte en pésimos actores. Y lo digo yo, que también me dejo influir por la danza marciana del echar la culpa al público cosas que debería reclamar al autor de la obra. Porque hay radica el problema, en ocasiones no somos actores, somos títeres a los que una cuerda nos obliga a movernos al son de un guion predeterminado, hosco, oscuro.
Pero, no todo es malo en el escenario. También te llevas sonrisas, agradecimientos, aplausos, vivencias. Personas que pasan y que, aunque lo intentes, jamás olvidas. Actores que actúan contigo un tiempo y la compañía teatral no renueva y después de dejar lo mejor de ellos mismos, se marchan. Cada día hay más esqueletos en este teatro de lo absurdo de estar vivos, energías sin recompensa, lucha sin victoria.
Pero así es, son tiempos de tragedias y pocas comedias. Siempre ha sido más fácil hacer llorar que hacer reír, y todo escenario se contagia de la inercia de lo sencillo. Desvelos sin agradecimientos, monólogos sin aplausos, diálogos muertos.
Mañana volveré a actuar allí, con menos ganas y más tristeza. Deseando que la vida me de la oportunidad de cambiar de teatro.
jueves, 22 de enero de 2026
El mirador
Desde allí puedo contemplar las montañas de mi infancia y entre las nubes que adornan su pefil, recordar con honda tristeza que en aquella ya lejana infancia, estábamos todos.
Es verdad que, la vida ha continuado y que ha sustituido amores caídos por otros inmensos y renacidos. Y aunque no cambio mi vida actual por nada en el mundo, echo de menos demasiados rostros que consiguieron que, si algo bueno tengo, se lo deba a ellos.
Aquellas montañas guardan recuerdos de aventuras en veranos largos y cálidos, baños en sinuosos barrancos donde las pozas acumulaban el agua, aguas frías que refrescaban la tarde estival. Amores de verano que me rompieron el corazón una y otra vez, el sabor de las moras y el agua de manantial. Las fiestas llenas de pólvora y música. Largas madrugadas plagadas de estrellas.
Desde el mirador, siento el viento que me habla. Es posible escuchar el susurro de una voz. Tal vez me tranquilizan, me dicen que están bien. No en vano en esas montañas he pasado maravillos momentos con dos personas que en distintos momentos tuvieron que marcharse dejándome huérfano de palabras, pobre de referentes, vacio de abrazos. En "totu revolutum" de almas perdidas que se arremolinan junto al vuelo de los mirlos y me guiñan los ojos desde la eternidad. Desde ahí, sintiendo fluir la tarde hacia el ocaso, sintiendo el olor del norte, entremezclo la añoranza de no estar, con los recuerdos de todo lo que estuvieron. Imprescindibles momentos que han hecho que mi vida sea maravillosa.
Desde el mirador me siento más cerca de todos ellos, aquellos que compartieron risas veraniegas y fríos de invierno junto a una chimenea en la que saltaban las pavesas. Pero sobre todo soportaron pacientemente mis infinitas estupideces, me dieron miriadas de cariño, me regalaron su tiempo para que yo disfrutara del mío. Y cada vez que pienso en ellos me quiebro un poquito. Por eso, desde esta atalaya, necesito gritarles lo mucho que les echo de menos.
La luz se marcha mientras creo volver a escuchar su voz, hablando sobre ciertos gatitos que juguetean con ellos y un par de perretes que ladran de alegría. Yo solo quiero decirles que nada fue igual desde que se fueron. El terror es que no me escuchen, que nunca me puedan escuchar. Tantas cosas que no pude decirles y tantas cosas que dije que no debía.
Ojalá pudiera decirles lo mucho que les quiero.
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